Por: Gabriel M. Mazzinghi. Año 2019

Publicado en: “Revista de derecho de familia y de las personas”, Año XI, nº 6, Julio 2019, pág. 166

 

I. Introducción

Uno de los temas de los que más se ha hablado en nuestro país, a lo largo del año 2018, es el tema del FEMINISMO, vale decir del papel o el rol que le corresponde y que cabe atribuirle a la mujer, en nuestra sociedad contemporánea.

El tema es de una enorme trascendencia para el mundo moderno, y supone el entrecruzamiento (con cierta necesidad de “jerarquización”, según nos parece) entre las muy distintas disciplinas que lo abordan: Desde la filosofía misma, la antropología (parte de la filosofía centrada en el estudio del hombre y de la naturaleza humana), la historia, la sociología, la medicina, la psicología, la biología, el derecho, la economía, la estadística, etc. y muchas otras ciencias o saberes más específicos, que se subordinan a los enumerados.

Como suele pasar con frecuencia, cuando un tema “baja” del plano de las ideas puras, al plano de las realidades encarnadas – de los sistemas políticos, de las reivindicaciones sociales o de la militancia ideológica -, y cuando llega a través de los medios de comunicación a la gente, las ideas se desdibujan, se oscurecen, se ofuscan, se desentienden de la búsqueda de la verdad.

Y el debate se transforma, prontamente, en un diálogo de sordos, en el que todos pretenden imponer sus puntos de vista, y nadie escucha el fundamento de toda postura contraria.

 Esto lleva, además, a la asunción “a priori” de posiciones extremas, a la descalificación – también “a priori” – de las posturas contrarias, y a una cierta repetición de slogans y consignas que parecen “eficaces” para la militancia social o política, pero que difícilmente permitan a las personas acercarse a la verdad.

El resultado está a la vista y se ha puesto de manifiesto en el mundo entero, a raíz del debate de muchos temas que tienen relación con la mujer y con temas de orden moral, que han ido pasando o se han ido encarnando en las costumbres, en los comportamientos y en las leyes que procuran organizar la vida en sociedad.

Los debates que se han dado, con argumentos casi calcados, a lo largo y a lo ancho del mundo, a propósito de las cuestiones vinculadas con la mujer, tales como el aborto, el matrimonio entre personas del mismo sexo, la sexualidad en general, la violencia de género, la fecundación artificial, el trabajo de la mujer, el cambio de género, etc., nos muestran esta formidable confusión de ideas en la que estamos todos envueltos.

Nuestra Argentina no ha sido la excepción, y en los últimos años hemos asistido a más de un debate de los enunciados anteriormente.

Para enunciar solamente dos de los más relevantes, podríamos referirnos: 1) al debate que precedió a la ley que permitió el matrimonio de personas del mismo sexo, y 2) al que se extendió durante el año 2018, acerca de la despenalización del aborto, que culminó con la aprobación de un proyecto de ley en la Cámara de Diputados, y el posterior rechazo en la Cámara de Senadores.

El aborto fue presentado como un supuesto “derecho” de la mujer (formando parte del conjunto de los llamados “derechos humanos”) por quienes postulaban que se lo legalizara, y no solo se lo legalizara, sino que se lo tornara libre y gratuito, obligándose a los médicos de los hospitales y clínicas a tener que practicarlo, al solo requerimiento de la interesada (la madre gestante, ya que el padre quedaba en un segundísimo plano…)

El derecho de la mujer, esgrimido por quienes propiciaban la ley, fue llamado “derecho a la interrupción del embarazo”, fórmula elíptica y falsa, que pretende ocultar que “interrumpir el embarazo” de una mujer que está esperando un hijo, significa, ni más ni menos, que dar muerte a ese hijo.

De tal modo, a nuestro modo de ver, el derecho humano que los abortistas pretendían reconocer o sancionar no era ni más ni menos que el “derecho a matar a un ser humano inocente”, lo cual en nuestro modo de ver constituye una aberración ética y jurídica.

El aborto, que pretendió presentarse con una conquista de un derecho de la mujer por los sectores que propiciaban un feminismo encendido y militante, desde nuestro punto de vista constituía todo lo contrario: la negación más radical, más brutal, de uno de los valores y de las riquezas más esenciales de la mujer, que es la de traer la vida al mundo.

Pero en medio de este debate tan confuso, y sin asumir posturas “a priori” acerca de estos temas, cabe que nos hagamos la siguiente pregunta:

“¿Es éso, el feminismo?”

Cuando parecería que el ser feminista fuera (para amplios sectores) la postura “progresista” y “abierta” a los nuevos tiempos, conviene que nos detengamos a pensar, con un mínimo de rigor y de seriedad intelectual, estas tres cosas:

1. Qué es el (verdadero) feminismo;

2. Qué ha sido el feminismo en su encarnación histórica, y

3. Qué puede ser el feminismo (bien entendido) como fuerza transformadora de la realidad social, como idea/fuerza que nos permita llegar a una organización social más justa y equilibrada.

La cuestión, según nos parece, es de una enorme gravedad porque, en buena medida, el futuro de la humanidad depende de la ubicación que en la sociedad le quepa a la mujer y del necesario reconocimiento de su absoluta dignidad personal, en pie de igualdad con el hombre.

II. Hay “mil” feminismos…

Sucede con muchas palabras de uso frecuente que, al ser utilizadas de muy variadas maneras y en diversos contextos, se van cargando de tantos significados distintos, que terminan por no tener prácticamente “ninguno”.

Ha habido, en ese sentido, en nuestro idioma, y me temo que en muchos otros, una suerte de “vaciamiento” del significado de las palabras, que dificulta, si es que no impide, el entendimiento entre las personas y el acercamiento a la Verdad, por lo para aquellos que creemos que es posible – aun con nuestras limitaciones – acercarnos al conocimiento de ciertas verdades.

Las palabras, y los conceptos que ellas representan, han sido siempre los “instrumentos” que permiten pensar, entender la realidad, razonar, exponer las ideas, fundamentarlas, confrontarlas, pulirlas, rebatirlas, descartarlas, etc.

Pero en este mundo “enfermo” de palabras huecas y vaciadas de un significado mínimamente preciso, al hombre cada vez le resulta más difícil avanzar en el conocimiento de la verdad, y entonces se extravía en la tarea, como se extraviaría un explorador, avanzando por una selva oscura y cerrada por los matorrales.

Hay muchos feminismos “posibles”, muchas maneras de referirnos a esta idea del feminismo, en su defensa o en su detracción, y parecería que lo primero, sería tratar de poner algún orden al respecto.

A lo largo de la historia – sobre la que hemos de ocuparnos luego – el concepto de feminismo ha ido variando y se ha visto instrumentalizado por corrientes políticas o ideológicas.

Trataremos luego de brindar un panorama – sencillo, por razones de espacio – del modo en el que ha evolucionado esta idea, desde los albores de la humanidad.

Pero lo cierto es que, a las dificultades apuntadas, de orden teórico o semántico, se suman otras más “personales”, propias de cada uno, que tienen que ver con nuestra postura “a priori” frente al fenómeno del feminismo, tal como se presenta en este tramo del siglo XXI, en distintas circunstancias concretas y lugares.

Pues el fenómeno se nos presenta – sin pedir permiso – y suscita en muchos nosotros (varones o mujeres) una determinada reacción, que es bueno que advirtamos, pues ella podría teñir de cierto color, nuestro modo de abordar el tema.

III. Nuestros prejuicios…

Dicho de otro modo: tenemos prejuicios.

Pertenecemos – siempre pertenecemos…- a nuestro tiempo y a nuestro entorno cultural, formamos parte de una familia, hemos sido educados por nuestros padres de una determinada manera, tenemos una profesión, una fe religiosa (o no tenemos ninguna), incluso una cierta tendencia o simpatía (o antipatía) política o social, de manera que nuestra inserción en la realidad nos ha ido conformando, y ha levantado en nosotros, sin que a veces lo advirtamos, esa barrera de prejuicios que luego nos impiden ver las cosas con la necesaria objetividad.

El filósofo verdadero (yo estoy muy lejos de serlo…) debe procurar pensar la realidad con la mayor objetividad posible (lo que las cosas son) y abstraerse de sus propias circunstancias de vida.

Muchas veces no es fácil hacerlo.

Por lo tanto, también es bueno que antes de reflexionar acerca de un tema, nos preguntemos con sinceridad si tenemos a su respecto, cierta carga de prejuicios que pueden nacer de las ideas, o incluso de ciertas vivencias personales.

Es un ejercicio “personal” que conviene hacer, pero que no permite descartar un enfoque de orden social.

El año pasado asistimos, como se consignaba antes, al debate del aborto en la Argentina, que movilizó campañas, debates televisivos, tomas de colegios, marchas de unos y otros, consignas, pintadas de leyendas en los frentes de los edificios, publicaciones, entrevistas y finalmente, el tratamiento parlamentario de los proyectos de ley.

En ese debate, que duró buena parte del año, la postura favorable a la legitimación del aborto, o a la instauración del aborto libre y gratuito como un derecho de la mujer, se identificó con el bando “feminista”.

Las feministas, los feministas, con sus pancartas y sus pañuelos verdes atados a la muñeca (chicas de colegio de 13 o 14 años, “militaban” el aborto, defendían (supuestamente) los “derechos humanos” (el derecho humano a abortar, a matar a un ser humano no nacido…), y tomaban las escuelas en medio de gritos y consignas políticas muy agresivas…

Del otro lado, amplios sectores sociales se movilizaron en defensa de la vida, bien supremo, sosteniendo que las leyes que permitieran o favorecieran el aborto libre, eran leyes absolutamente injustas, criminales, que lesionaban y violaban el más elemental de los derechos humanos (la vida) y que degradaban lo más valioso, lo más profundo que la naturaleza ha puesto en la mujer, que es su capacidad para ser madre y para cuidar la vida.

En ese debate, nosotros estamos claramente en favor de esta última postura, pero no es eso lo que interesa destacar ahora.

Lo que quiero decir es que, a propósito de este debate que a todos nos llegó de tantas maneras, (debate de muy bajo nivel, desde el punto de vista de las ideas), nosotros “sentimos” algo que nos llevó a tomar posiciones o a afirmarnos en las que ya teníamos.

Creo es que es honesto que admitamos esto.

De qué mundo venimos…

Y creo también que es importante que nos demos cuenta que, generacionalmente, los que tenemos entre 45 y 70 años (no es fácil establecer límites precisos…), provenimos de un mundo y de una educación marcada por un reparto bastante rígido de roles entre el varón y la mujer, en el que el rol de mayor predominio, en el ámbito de la familia, de la empresa, de la política, de la cultura, etc., le estaba reservado al varón, lo que implicaba una cierta postergación del rol de la mujer.

Sin necesidad de ser sociólogos, creo que podemos decir que eso es verdad, y a la vez constituye, en buena medida la causa, la razón de ser, de esa ola del feminismo que parece cubrir el mundo entero, y que postula, entre otras muchas cosas, la idea central de la igualdad de dignidad entre el hombre y la mujer.

Igualdad que en muchos casos es un valor encomiable, por el que vale la pena luchar; y que en otros casos deberá “acomodarse” a cierta “desigualdad” que proviene de la naturaleza misma.

El mundo ha cambiado vertiginosamente en el último siglo, y más vertiginosamente aun en los últimos treinta años, de manera que es muy comprensible – y decididamente bueno – que estos temas se planteen, se discutan y se procuren resolver de manera positiva, en pro de una sociedad más justa y de una mayor felicidad para todos.

Pues lo cierto es que sin abandonar la perspectiva individual, y luego de reconocer que provenimos de un mundo con marcado predominio masculino (estoy tratando de no usar la palabra “machista”…), los que tenemos entre 45 y 70 años estamos encantados con el hecho de que nuestras hijas y nietas y sobrinas, sean médicas, juezas, empresarias, periodistas, economistas, financistas, políticas, artistas, modelos, escribanas, analistas de sistemas, profesoras de historia, investigadoras, etc.

Lo cierto también es que nuestras madres y abuelas no fueron (salvo raras excepciones…), ninguna de estas cosas, sino que sus vidas estuvieron estrechamente ligadas al hogar y al cuidado de los hijos.

Otro mundo.

Ni mejor ni peor. Otro.

Con ventajas e inconvenientes, con luces y sombras, con “precios” a pagar, pero en todo caso: un mundo sustancialmente distinto al actual, que se ha armado sobre otras bases.

A la hora del análisis, la añoranza no tiene mayor sentido.

Uno podrá tener recuerdos enternecedores de su infancia, a propósito de la manera en la que estaba organizada su familia, la mujer en la casa, el varón “en el trabajo y en el mundo”, pero lo cierto es que tales recuerdos, que pueden ser sentimentalmente valiosos, no sirven de gran cosa.

Porque el mundo es otro, el trabajo está organizado de otra manera, el matrimonio y la familia funcionan de otro modo, la autoridad de los padres (lo que queda de ella…) se canaliza por otros medios, los problemas son distintos, la economía tiene otras exigencias, etc.

La consideración del tema del feminismo tiene sentido no tanto para evocar viejos tiempos, sino fundamentalmente, para ver de qué manera (mejor, en lo posible) y sobre qué bases, habrá de discurrir la vida de las personas jóvenes.

El encabezado de este capítulo decía “De qué mundo venimos…”, pero en rigor, lo que nos planteamos, procurando llevar claridad sobre el tema, es: “Hacia qué mundo vamos…”

IV. Hacia un mundo mucho mejor…

Y al respecto es bueno adelantar nuestra convicción en el sentido de que, gracias al feminismo bien entendido, al buen feminismo, vamos hacia un mundo mucho mejor, mucho más justo y equilibrado, enriquecido con el aporte que la mujer puede hacer – y hace – en el mundo de la cultura, las ciencias, el arte, la comunicación, la vida profesional, el deporte y el trabajo, sin dejar de ser mujer y sin perder el rol -dignísimo y fundamental – que la mujer está llamada a cumplir en la transmisión de la vida y en la educación de los hijos.

Hacia ese mundo vamos, hacia ese mundo queremos ir.

Dejando de lado las propuestas de un feminismo beligerante, estéril, ideologizado, cargado de resentimiento, por momentos instrumentalizado políticamente, alejado de los valores fundamentales…

Y optando en cambio, por un feminismo constructivo, equilibrado, fecundo, asociado con el hombre en la construcción de una sociedad mejor para todos.

Lo curioso es que, en nombre de las mismas ideas (el feminismo…, el respeto a los derechos humanos…, la promoción de la dignidad de la mujer) los caminos se bifurquen y se enfrenten como lo hacen.

V. “Has recorrido un largo camino, muchacha…”

Una vieja publicidad de cigarrillos utilizaba como slogan la frase del encabezamiento: “Has recorrido un largo camino, muchacha…”

Para llegar hasta acá, para haber llegado hasta acá en el mundo occidental, ciertamente la mujer ha recorrido un camino tan largo como dramático, cargado de dificultades de todo tipo.

Haremos a continuación una breve síntesis respecto de la historia del feminismo.

Lejos de ser una historia exhaustiva y detallada (las hay, y muy documentadas, por cierto) solo nos interesa consignar algunas de las etapas y de las luchas más importantes libradas por el feminismo, a lo largo de los siglos.

VI. Antecedentes

El tema del feminismo aparece ya en el mundo griego, con la figura de Hiparquía (aprox. 350 a 280 a.C.), filósofa, discípula y esposa de Crates de Tebas, de la Escuela de los Cínicos, que vestía como varón, como una manera de cuestionar el predominio del varón en la sociedad, y era por ello muy criticada.

Es muy interesante el estudio del papel que le cupo a la mujer en las distintas civilizaciones, pero en todo caso, una constante resultó ser que el rol de la mujer fuera esencialmente distinto (y subordinado) al que le correspondía al varón, estando circunscripto en general al trabajo doméstico y al cuidado de la familia.

Claramente, el rol que le correspondía al varón – en la política, en la guerra, en el mundo de las ciencias y de las artes, en el comercio y aun dentro mismo de la familia y con relación a su esposa, era de un notable predominio, que no pareció ser cuestionado durante muchos siglos.

Recién en la segunda parte del siglo XVIII se pueden encontrar algunos textos que denotan la preocupación por el tema que nos ocupa, pero la gran mayoría de estas manifestaciones, en general, confirman la idea de que la mujer debía ocupar un rol secundario, menor, apartado de la dirección de los asuntos sociales y políticos.

Así, por ejemplo, Rousseau y Kant sostenían que las mujeres, por naturaleza, debían estar apartadas de la ciudadanía, idea que hoy por hoy, nos resulta poco menos que estrafalaria, y que nadie se atrevería a expresar.

La Revolución Francesa supuso, como era de suponer, cierto aire de renovación (incipiente) acerca del tema.

Así es que, en 1791, es decir dos años después de aquella revolución que marcó el comienzo de la modernidad, Olympe de Gouges, escritora y filósofa, abolicionista (de la esclavitud) y contraria a la institución matrimonial, propuso completar la Declaración de los Derechos del Hombre (1789), además de crear un “Club de Mujeres”.

Ella misma redactó la “Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana”, en procura de la igualdad de derechos para las mujeres. La resistencia fue enorme, y el rechazo de dicha propuesta por parte de la sociedad, fue muy fuerte. Olympe murió guillotinada en la Place de la Concorde, el 3 de noviembre de 1793, aunque probablemente no por sus ideas igualitarias, sino por sus críticas a la dictadura implantada por Robespierre y Marat, que, en nombre de la libertad y la fraternidad, bañaban de sangre las plazas y calles de Paris.

El Código Civil Francés, sancionado poco después bajo la inspiración de Napoleón, no se plegó demasiado a la idea igualitaria, sino que mantuvo a la mujer en un plano netamente subordinado al del hombre, en cuanto al ejercicio de sus derechos cívicos, sometida a la autoridad de su marido.

A título ilustrativo, consigno el art. 213 del Código Napoleón, que decía: “El marido debe proteger a su esposa, y esta obedecer al marido…”. Y el siguiente (214): “La mujer debe vivir con su marido, y seguirle donde quiera que él juzgue conveniente residir…” (Curso de Legislación sobre el Código Napoleón, Barcelona, año 1839, pg. 126)

Excede los límites de este trabajo el detenernos a considerar otros aspectos de esta desigual manera en que la mujer era tratada frente al derecho.

Lo cierto es que esta concepción del Código francés, pasó luego al Derecho Español y al Derecho Argentino, quedando plasmados muchos de sus principios en el Código Civil, salido de las manos de Vélez Sarsfield.

En sucesivas reformas posteriores, nuestro sistema jurídico y legal se fue adaptando a los nuevos tiempos, hasta alcanzar la mujer, en muchos aspectos, una deseable igualdad con el hombre, en el ejercicio de sus derechos, aun antes de la sanción del Código Civil y Comercial vigente desde mediados del año 2015.

VII. El sufragismo

Ya desde principios del siglo XIX comenzó a propagarse con fuerza una idea propia del feminismo, en procura de que la mujer fuera considerada una ciudadana en igualdad con el varón: eso fue el sufragismo, que recorrió un largo camino (en Inglaterra y en los Estados Unidos, especialmente) y abrió las puertas (muy gradualmente) al voto femenino.

 

Como consecuencia de esta lucha, en 1918, en Inglaterra se aceptó por primera vez que votaran las mujeres, pero siempre que fueran mayores de 30 años, y que poseyeran por lo menos, una casa…, de modo que resultaron muy pocas las ciudadanas que, en concreto, estuvieron en situación de votar.

 

Paulatinamente, las mujeres comenzaron a organizarse y a abrirse camino en la lucha por la igualdad.

 

La británica Emeline Pankhurst (1858 – 1928), en Inglaterra, fue la fundadora de “Unión Social y Política de Mujeres” (W.S.P.U.), e inspiradora de diversas manifestaciones y huelgas de hambre.

 

Otra conocida activista, Emily Davison siguió sus pasos, fue varias veces detenida y encarcelada, y en una acción de protesta, fue atropellada por un caballo que disputaba el Derby en el Hipódromo de Londres, muriendo cuatro días después. Su muerte tuvo una honda repercusión, y su vida fue llevada al cine.

 

En España, se destacó Concepción Arenal (1829 – 1893, Licenciada en Derecho, periodista y escritora), quien asistió a la Universidad Complutense disfrazada de hombre (con el pelo corto, levita, capa y sombrero de copa), para salvar la prohibición que impedía la enseñanza universitaria a las mujeres.

 

Y en Alemania, de destacó la figura de Rosa Luxemburgo (que había nacido en Polonia), intelectual y militante del comunismo alemán, muerta durante una sublevación en 1918. Su vida también fue llevada al cine.

 

Como datos llamativos, y como una manera de que advirtamos la rapidez con la que han ocurrido los cambios durante el último siglo, aproximadamente, digamos que, en 1890, Sarmiza Bilsescu, rumana, fue la primera Doctora en Leyes que se graduó en la Universidad de Paris; y que en el año 1912, otra rumana, Elvira Zamfirescu fue la primera mujer en el mundo que se recibió de Ingeniera en la Academia Real Técnica de Berlín.

 

Una anécdota: una vez graduada, el Decano de la Facultad trató de disuadir a Elvira de que recibiera el diploma, y la exhortó a que volviera a ocupar el rol que “le correspondía” a la mujer, citando tres conceptos que empezaban con la letra “k”: “Kirche”, “Kínder” y “Kuche”, es decir, Iglesia, niños y cocina…, propuesta que hubiera encendido, con toda razón, el ánimo de cualquier feminista contemporáneo…

 

3.  Las guerras mundiales (1914 y 1939)

 

Con su enorme carga de sinsentido, de violencia, de muerte y de destrucción de pueblos enteros, las Guerras Mundiales habidas en el siglo XX, fueron la causa (impensada) de algunos adelantos, inventos, descubrimientos y avances de distinto tipo.

 

Sin duda, al cabo de las guerras, en muchos sentidos, el mundo fue “otro”.

 

El tema que nos ocupa, el del feminismo, se vio profundamente modificado e impulsado por el hecho de esas dos guerras que ensangrentaron a la humanidad, y que supusieron la movilización (primero) y la muerte (después) de millones de hombres en los distintos escenarios de la contienda, lo que determinó la necesidad de que la mujer pasara a ocupar un lugar en el mundo del trabajo, que hasta entonces no había ocupado.

 

Movilizada por fervorosas consignas patrióticas, millones de mujeres se incorporaron al mundo del trabajo, y del trabajo fabril, en distintos niveles.

 

Bajo el lema “we can do it” (“podemos hacerlo”), extendido a lo largo y a lo ancho del mundo en guerra, las mujeres ocuparon su lugar, cubriendo millones de puestos de trabajo en fábricas y empresas, y esta toma de conciencia resultó de enorme importancia desde el punto de vista de la presencia de la mujer en el mundo, del lugar que podía – y quería- ocupar en la sociedad.

 

Ya no habría vuelta atrás, pues la mujer era tan capaz – o más – que el varón, a la hora de realizar las muy diversas tareas que propone la vida moderna en el mundo empresarial, fabril, cultural, político, profesional, etc.

 

Esa lucha por momentos heroica, que solo algunas mujeres se animaron a dar, y que he reseñado muy apretadamente en las páginas anteriores, se vio ahora consolidada por una avalancha de mujeres que en los países devastados por las Grandes Guerras (durante su trascurso, en el período de entreguerras, y finalizada la segunda guerra mundial) pusieron de manifiesto su enorme capacidad de trabajo y de sacrificio, muchas veces heroico, ya que al trabajo que desplegaban fuera de sus hogares, se sumaba con mucha frecuencia el trabajo de esposas y de madres, en medio de grandes dificultades materiales.

Tanto en los países victoriosos, como en los que fueron derrotados militarmente, se produjo este fenómeno: la muerte, la invalidez y la ausencia de millones de soldados de ambos bandos (alemanes, rusos, franceses, italianos, americanos, japoneses, austríacos, checos, etc.) fue la causa de un notable “avance” femenino que se abrió camino en lo que sería la sociedad occidental de la segunda parte del siglo XX.

El predominio masculino o patriarcal, comenzó a diluirse (con algunas características particulares, acá o allá…), el hombre perdió (afortunadamente, nos atrevemos a decir) ese lugar de predominio y de supremacía que había tenido desde los albores de la humanidad, y la desigualdad que había imperado durante muchos siglos (durante todos los siglos, podríamos decir…) fue dando paso a un reparto de funciones y de roles mucho más equilibrado y equitativo, hasta llegar al mundo de hoy, del que luego nos ocuparemos.

4. La posguerra, la anticoncepción y la revolución sexual

Sin poder profundizar, por razones de espacio, el desenvolvimiento histórico del feminismo, encontramos un nuevo hito en el período posterior a la Segunda Guerra Mundial, que tuvo que ver con la anticoncepción (primero) y con la liberación sexual, que en buena medida fue producto de aquella.

La igualdad de dignidad, de inteligencia, de capacidad y de sacrificio puesta de manifiesto por las mujeres, siguió teniendo en la naturaleza, un punto de distinción importante, proveniente de la gestación de los hijos, por un lado, y de su atención y crianza durante los primeros años de vida.

Pareciera que por mucho que algunos se empeñen en proponer la más absoluta y estricta igualdad de condición entre la mujer y el varón, existen en la naturaleza ciertos condicionamientos que es imposible soslayar.

Y uno de ellos, acaso el principal, tiene que ver con el hecho, que no necesita demostración, de que es la mujer la que anida la vida humana, durante los meses de embarazo, y se vuelca luego en el amamantamiento y en la crianza de sus hijos pequeños.

Ahora bien, esta fecundidad, que es algo natural, biológico (y maravilloso), en la mujer encontró la posibilidad de cierta regulación artificial a partir del año 1960 en que la ciencia descubrió métodos de regulación de la natalidad, es decir, la posibilidad de introducir ciertas barreras que impidieran el embarazo. Este fenómeno tuvo su epicentro en los Estados Unidos, y se difundió por todo el mundo occidental.

Tampoco es propio de este trabajo el desarrollo de estas técnicas o métodos anticonceptivos que van desde la píldora anticonceptiva, el DIU, los preservativos y otros métodos, más o menos eficaces, que les permitieron a las mujeres evitar los embarazos no deseados.

Coincidiendo con ello y de la mano de una concepción freudiana de la sexualidad, cada vez más alejada de la procreación o de la venida de los hijos al mundo y más ligada a la obtención del placer, sobrevino una suerte de “revolución sexual” durante la segunda parte del siglo pasado y lo que llevamos de éste.

La repercusión de la anticoncepción – cada vez más difundida – sobre el matrimonio y la familia y sobre los hábitos y costumbres o comportamientos de la población, fue enorme, y contribuyó sin duda de manera decisiva a una modificación sustancial en el modo de concebirse la familia, el matrimonio, la fidelidad matrimonial, la procreación, la sexualidad misma, etc.

La revolución sexual mencionada, que se apoyó en la posibilidad del ejercicio de la sexualidad dejando de lado la procreación (por la utilización de barreras artificiales para que la mujer no engendrara) tuvo como contrapartida el fenómeno contrario, vale decir la posibilidad de que la vida fuera engendrada “artificialmente”, dejando al margen la unión sexual de los padres gestantes; vale decir, la vida humana “creada” – a partir del aporte de los gametos masculino y femenino – de manera artificial, en un laboratorio o en un tubo de ensayo, y transferida luego al útero de una mujer.

El desarrollo de esta “ingeniería genética”, como ha sido dada en llamarse, desde el punto de vista técnico o científico, ha sido formidable en los últimos treinta años, permitiendo toda clase de combinaciones, alquiler de vientres, implantación de embriones previamente congelados, compra de material genético, clonación, creación de bancos de esperma, congelamiento de material genético o incluso de embriones, etc.

Ello determina que quienes mantienen relaciones sexuales puedan impedir la gestación (que es la consecuencia natural de tales relaciones), y que otros, sin el ejercicio de la sexualidad, puedan aspirar a ser padres (o la mujer, a ser madre, sin el concurso de una persona de sexo masculino identificada).

En este período (segunda mitad del siglo XX) y a caballo de estas novedades que conformaron una auténtica revolución sexual, se produce un proceso de “liberación femenina” que abarca también muchos otros campos: el de la cultura, el trabajo, el arte, la vida política, la universidad, la investigación, la vida profesional, las ciencias, etc.

La mujer se instala “a sus anchas” en el centro del mundo: trabaja, vota, estudia, decide sobre su propia vida, se enamora, se casa, tiene hijos, los cuida y los educa, se divorcia, viaja, sale, se divierte, protesta, practica deportes, cuida de su hogar, baila, crea, maneja, discute, se expresa, escribe, publica, actúa, maneja, ejerce todas las profesiones, comercia, gobierna, legisla, cocina, juzga, se incorpora así prácticamente a todos los ámbitos de la vida social, económica, profesional, política.

Esta es la mujer que se nos presenta ya en el siglo XXI…

Bienvenida sea !!

Con ella, junto con ella, a su lado, con su aporte tan valioso, trataremos – todos – de superar siglos de injusticias y postergaciones, que dieron lugar a esta larga lucha que apenas hemos reseñado, y construir un mundo más equilibrado y más justo.

Un mundo mejor.

5. La ideología de género, y el falso feminismo

La historia del feminismo que hemos tratado de reseñar hasta aquí, a grandes rasgos, se sigue desenvolviendo hasta nuestros días, y lo seguirá haciendo en los años venideros.

Hay una cierta inercia en los movimientos históricos, sociales y políticos, que hace que, una vez alcanzadas ciertas metas, se mantenga y se incremente – incluso – la lucha, de manera que se desdibuja o se distorsiona en buena medida la legitimidad de las metas a alcanzar.

Así es que, dentro del movimiento feminista, que tanto ha hecho por la instalación de la mujer en el mundo actual (nos referimos sobre todo al mundo occidental, ya que en otras regiones del planeta la mujer sigue estando notablemente desprotegida, postergada y humillada), ha nacido en los últimos años la llamada “ideología de género”, que ha venido a sembrar una enorme confusión de ideas y de comportamientos concretos.

Cabía esperar que, al haber ido alcanzando – la mujer – la misma dignidad respecto del hombre, incorporándose a todas las actividades en pie de igualdad, los hombres y las mujeres se unirían en procura de la construcción de un mundo mejor, que contara con el aporte de unos y otras.

Sin embargo, en los últimos años, se ha abierto camino esta “ideología de género”, que ha arrastrado, de alguna manera a muchas personas que, a veces de modo poco reflexivo, van detrás de sus banderas y profundizan el enfrentamiento, cargado de resentimiento, respecto del varón.

Ante todo, conviene destacar que la ideología de género, si bien nace dentro del movimiento feminista, es algo sustancialmente distinto del feminismo, y paulatinamente se ha ido diferenciando de él, y levantando banderas que, con frecuencia, se apartan y se oponen al verdadero feminismo.

Toda ideología supone una suerte de reduccionismo de la realidad; con más razón, cuando ella se mezcla con intereses políticos y con una suerte de militancia detrás de sus banderas; la verdad se oscurece, es dejada de lado, deja de interesar, que es lo que vemos con frecuencia a nuestro alrededor.

La ideología de género nace a fines de la década del ´60, con el “Mayo francés” de 1968, y sigue los lineamientos de las ideas de la escritora francesa Simone de Beauvoir, conforme a las cuales la mujer “no nace”, sino que “se hace” o “se construye a sí misma”; es decir, es un producto cultural.

Básicamente, lo que esta ideología propone es un alzamiento contra la idea misma de la naturaleza.

Es que, para esta ideología, no existen dos sexos (varón y mujer), sino que esa idea no es más que una “imposición de la sociedad represora”, que coarta la libertad de las personas frente a la elección del modo de asumir su sexualidad.

No pueden dejar de advertirse una fuerte conexión entre estas ideas, propias de la ideología de género, y las que postula, en el campo social y económico, el marxismo, que todo lo explica mediante esa idea de la lucha de clases.

El enfrentamiento entre ricos y pobres, entre burgueses y proletarios, en la concepción marxista, habría de conducir a la instauración de una (utópica) sociedad sin clases, que la historia concreta se encargó de desmentir.

De modo semejante, la lucha irreconciliable entre los opresores (los varones, los machos) y las oprimidas (las mujeres) habrá de llevarnos, con el triunfo de estas últimas, a una “sociedad sin sexos” y sin estructuras de dominación de un sexo respecto del otro.

Habrá desaparecido entonces la dualidad “varón-mujer”, que será sustituida por una única humanidad con las orientaciones afectivo-sexuales que cada uno quiera dar a su propia vida.

Porque en esta concepción, el sexo deja de ser natural – dado, recibido, establecido por el hecho de nacer varón o mujer –, pues ello supone (para los ideólogos del género), una inaceptable restricción de una “libertad” (mal entendida, según nos parece).

Y el sexo entonces pasa a ser algo “electivo”, que cada cual decide de acuerdo con su gusto o su preferencia (y decide varias veces, pues puede cambiar de gusto…, y cambiar de sexo…), lo que con el correr de los años, nos llevará a las realidades que se han ido imponiendo en el mundo que vivimos, y que tienen – todas ellas – una nota en común, que consiste en su rechazo a la idea de que hay un orden natural que debe ser respetado.

Esta idea de base (“no existe lo natural”) se proyecta rápidamente sobre la idea tradicional del matrimonio como base de la familia, y también sobre la idea de la maternidad, entendida como el camino de plenitud de la mujer (capaz de dar la vida…), presentándose entonces una forma de sexualidad absolutamente desvinculada de sus fines y de toda idea de reproducción.

Y a propósito de esta idea de “demolición” de los valores del matrimonio como base de la familia, la paternidad, la maternidad, la fecundidad, la solidez de los vínculos paterno-filiales, la educación de los hijos como tarea de los padres, etc., que dan cierta consistencia a la sociedad, se lleva a cabo un fenomenal proceso de “deconstrucción” que tiende a cambiar el significado de las palabras mismas y a reescribir la historia, la moral o la ética, el derecho, la psicología, etc.

El rechazo brutal a toda idea de naturaleza que deba ser respetada, al ahondar el análisis, termina por ser un alzamiento contra quien ha creado dicha naturaleza, es decir contra Dios mismo, pues todo orden, requiere o reclama la idea de un “ordenador”.

La homosexualidad, masculina o femenina, la transexualidad, el travestismo, los cambios de sexo, la posibilidad de un matrimonio entre personas del mismo sexo (admitida por muchas legislaciones modernas), el alquiler de vientres, la inseminación de mujeres con semen de donantes desconocidos, la adopción por parte de parejas homosexuales, el congelamiento, la selección y el descarte de embriones (seres humanos), y finalmente el aborto y la eutanasia, son algunas de las realidades que el mundo moderno nos presenta, y que dan cuenta de un apartamiento del orden de la naturaleza.

Lo notable es que todo esto se nos presenta, además, como si fueran logros o conquistas que suponen un “progreso” de la humanidad, cuando en realidad están muy lejos de serlo, porque el hombre no progresa cuando manipula o viola lo que la naturaleza ha establecido, ni cuando desconoce el valor y la dignidad de TODA VIDA HUMANA, tanto la del niño por nacer como la del anciano enfermo…

En suma: la ideología de género, tan en boga en estos tiempos, representa en nuestro modo de ver, una verdadera perversión del feminismo, una desviación de los fines y las aspiraciones nobles del movimiento feminista, que han permitido elevar sustancialmente la dignidad de la mujer y el desempeño que a la mujer le cabe en nuestra sociedad occidental, plasmando en muchísimos campos una deseable y enriquecedora igualdad con el rol que le cabe al varón.

Como bien explica Benigno Blanco, Presidente del Foro Español de la Familia, la “ideología de género” supone un lamentable reduccionismo, así como lo fueron en su momento, el nazismo (que todo lo explicaba a través de la idea de la supuesta superioridad de una raza sobre otras), o el marxismo (para el cual todo encontraba explicación sobre la base de la idea de la lucha de clases).

Un reduccionismo que postula pocas – pero eficaces – ideas, que moviliza a las personas casi irreflexivamente detrás de sus banderas, que genera una adhesión casi irracional y que pone en marcha una conducta por momentos fanática, que ha merecido el nombre de “militancia” (hay “militantes del género…, en efecto)

Pensamos que es necesario y fundamental que el movimiento feminista retome sus auténticas banderas, recupere sus ideales nobles, y trabaje positivamente por la construcción de un mundo más igualitario, en donde el hombre y la mujer, respetando sus diferencias naturales y su identidad natural, tengan la misma dignidad de personas y vuelquen sus riquezas en todos los campos.

6. Elogio final del Feminismo

Más allá de haberse avanzado de manera impresionante y sostenida en la lucha por la igualdad de dignidad y de oportunidades de la mujer en nuestro mundo occidental, es evidente que quedan todavía algunas metas a alcanzar (la igualdad de remuneración por iguales trabajos, el acceso a diversos trabajos, el cese de toda discriminación injusta, etc.)

Asistimos – y asistiremos, en poco tiempo más…- a la terminación de un mundo que estuvo signado, desde los albores de la historia de la humanidad, por la primacía del varón sobre la mujer, ya sea del padre dentro de la propia familia, como del varón-guerrero-militar-proveedor, en el ámbito social, político, cultural, económico.

Es el momento de mirar para atrás, y valorar y agradecer a las mujeres que con su lucha hicieron posible este cambio sustancial, trascendental, de la historia de la humanidad.

Nosotros, hombres y mujeres del siglo XXI somos herederos y beneficiarios de esta larga y dolorosa lucha.

Pero debemos ser herederos agradecidos de este proceso que nos ha llevado a vivir en un mundo mucho más justo, mucho más digno, mucho mejor, en el que la mujer es capaz de aportar – y aporta…- sobre todos los temas, su mirada y su trabajo, su fuerza (a veces, mayor a la del hombre) y su intuición, su ternura, su inteligencia y su talento…

A lo largo de esta lucha, claro, se han cometido errores y exageraciones, como sucede invariablemente; pero no cabe duda que la lucha era y sigue siendo justa, y nos pone frente a un mundo nuevo, con la mujer – las mujeres concretas – en el centro del escenario.

Vamos terminando esta colaboración, con una larga cita.

En una carta maravillosa, del 29 de junio de 1995, dirigida a las mujeres del mundo entero, se decía:

“El punto de partida de este diálogo ideal, no es otro que dar gracias. Gracias a la mujer-madre, a la mujer-esposa, a la mujer-hija, a la mujer-hermana, a la mujer-trabajadora (que participas en todos los ámbitos de la vida social, económica, cultural, artística y política, mediante el indispensable aporte… a la edificación de estructuras económicas y políticas más ricas en humanidad…”

Y luego: “Te doy gracias, mujer, por el hecho mismo de ser mujer, con la intuición propia de tu femineidad, enriqueces la comprensión del mundo…”  “…Pero dar gracias, no basta, ha sido difícil el camino de la mujer, despreciada en su dignidad, olvidada en sus prerrogativas, marginada frecuentemente e incluso reducida a la esclavitud…”

“…¿Cómo no recordar la larga y humillante historia de abusos cometidos contra las mujeres en el campo de la sexualidad?…”

“…Expreso mi admiración hacia las mujeres de buena voluntad que se han dedicado a defender la dignidad de su condición femenina mediante la conquista de fundamentales derechos sociales, económicos y políticos, y han tomado esta valiente iniciativa en tiempos en que este compromiso suyo era considerado un acto de transgresión, un signo de falta de femineidad, una manifestación de exhibicionismo, y tal vez, un pecado…”

Quién dice o escribe estos párrafos que hemos transcripto no es un sociólogo marxista, sino un Papa y un Santo: San Juan Pablo II.

En esta carta, y en la “Mulieres Dignitatem” exalta la condición femenina y la lucha de la mujer por alcanzar el lugar que le corresponde, lucha que no ha terminado, ni en Occidente, ni en el mundo entero.

Siguiendo el rumbo de este maravilloso pontífice que fue San Juan Pablo II, los cristianos debemos tener una mirada, agradecida, esperanzada, frente a la cuestión del feminismo.

No asustarnos frente a algunas expresiones cargadas de violencia y de mal gusto, por parte de las militantes de género y, distinguiendo la paja del trigo, valorar y reconocer los logros positivos del feminismo, y trabajar, concretamente, en la construcción de un mundo que se enriquecerá, cada vez más, con el aporte invalorable de la mujer.